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Ruido y pólvora
Al buen humor y
entusiasmo -comunes a ambos grupos- hay que añadir el enorme gasto que les
supone la compra de cohetes "borrachos" (también llamados
"carretillas" o "buscapiés") que pone esa nota de ruido y
pólvora, inevitable en toda celebración festiva alicantina. Cerca de mil
docenas se queman en algo más de una hora, y en un espacio tan reducido como el
de la placita del antiguo Ayuntamiento. Durante ese tiempo, a cualquiera que se
le ocurra pasar por allí habrá de sujetarse a las leyes de la fiesta, que
imponen una pequeña aportación económica. Si se niegan, ya saben: carretillas
a mansalva y un buen baño de harina o polvos de talco.
Impuestos y multas
El paso siguiente
es el de recabar impuestos de comercio por comercio, banco por banco. Para ello
se forma una comitiva, curiosa y heterodoxa donde las haya, encabezada por el
alcalde de els Enfarinats. Juntos entran en las tiendas, en las
farmacias, en los supermercados... Llevan un metro que mide lo menos tres, un
peso totalmente irregular, una letra de cambio inmensa.
Naturalmente, con
estos puntos de referencia, nadie se ajusta a lo establecido: así pues todos
han de pagar unas multas que se destinan al asilo de ancianos. Estos hombres,
serios y formales en su vida diaria, se vuelven por un día alocados y
subversivos: el mundo al revés. Aún así, en esta jornada de inversión de
valores, hay quienes se empeñan en recordarle al forastero que ellos son unos
señores respetables, pero que la fiesta es la fiesta y en el día de els Enfarinats
todo está permitido.
Enharinados
Mientras se
realiza el recorrido de rigor, enfarinats y oposición siguen con
su batalla particular. Para entonces ya están completamente blancos, cubiertos
de polvos de talco, cuyos botes aparecen como por arte de magia. Todos dan
rienda suelta a su imaginación, hacen aquello que les viene en gana, aunque
siempre dentro de un cierto orden. Pero la verdad es que están graciosos,
ocurrentes y, a estas horas, un pelín colocados; en general la gente acepta de
buen grado sus bromas y muchos toman parte en ellas.
El recorrido
acaba pasadas las dos de la tarde. Ahora, hay que reponer fuerzas, lo que hacen
en torno a una larga mesa al aire libre. Allí, algunos años, incluso entre
nieve, reparten un inmenso perol de llegum, plato hecho a base de carne
de cerdo y judías blancas, realmente exquisito. Y, entre cucharada y cucharada,
docenas de cohetes borrachos por entre los pies, que ellos reciben
impertérritos, a pesar del estrépito, la humareda y, porqué no, el peligro.
Dançá y tapats
Tras la comida,
el grupo se dispersa por los bares en busca del café y la copa. Con el
estómago lleno, saben que su protagonismo está llegando a su fin. Pronto se
verán rodeados por els tapats (los tapados), personajes que dan a la
fiesta -por si no lo tenía ya- un inequívoco aire carnavalesco. Van
disfrazados de las formas más variopintas, con una característica común: el
rostro ha de ir cubierto de tal manera que sea imposible reconocer no sólo a la
persona sino su sexo. Así, el equívoco está asegurado, y muchas de las
esposas de els Enfarinats y la oposición tienen, en esta tarde
del 28 de diciembre, la oportunidad para su pequeña venganza.
La dançà, ya
cuando cae la tarde, se abre con el grupo de danzantes -ellas, con ricos trajes;
ellos, cubiertos con elegantes capas-, al que previamente el alcalde de els Enfarinats,
en el último acto de su mandato, ha dado el permiso correspondiente. Con este
gesto acaba su efímero reinado, hasta el día de los Santos Inocentes un año
después.
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